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Mi Perfil
norma pingaro
buenos aires - argentina
Soy escritora y psicoanalista, edité varios libros y me gusta la poesía contemporánea y el realismo mágico. Escribí un ensayo psicoanalítico sobre la escritura. Dirijo un taller literario, soy docente en la UBA. Fuera de todas estas formalidades podría decir que soy obsesivamente correctora, en el sentido literal de la expresión. Además afirmaría, sin sonrojarme, que la literatura me ayudó a transitar la vida.
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Últimos comentarios de este Blog

07/02/11 | 03:28: MONINA dice:
Hola, te felicito por todo lo que expusiste, todo me gustó mucho, me encantaría contar con vos en mi grupo de amigos, es por eso que te invito, puedes promocionarte exponiendo tus poesías o escritos o tus sentimientos o tus sueños, te elegí además porque sos de Buenos Aires,Argentina, me encanta valorar a los poetas argentinos, además me gustó tu frase final de tu referencia que la literatura te ayudó a transitar la vida! Yo no escribo pero me gusta leer poesías, reflexiones, frases, cuentos, relatos, textos breves, de todo un poco, por eso si querés formar parte de mi grupo de amigos: “PUNTO DE ENCUENTRO AMIGOS DE BS.AS”, si gustás conocernos, también podés decirle a alguien de tus conocidos o amigos, si quieren ser nuestros amigos y al igual que a vos si quieren mandarnos algo sobre:"El Verano", "Las vacaciones", "La playa", "El mar", "La Amistad", "Los Amigos", "El amor", "Estar enamorada" o que tengan que ver con estos temas y quieran además tener nuevos amigos, tener una linda amistad duradera, fiel e incondicional, si apostás a la Amistad y aceptás comprometerte con ella, te invito a que transites nuestro camino de la Amistad con nosotros a cambio te ofrecemos toda nuestra amistad, estar en las buenas como en las malas, ser una buena compañía a través de mensajes, Chat o en encuentros de grupo en salidas varias, nuestro lema es: “Unirnos por la Amistad” Creemos que es un pequeño y humilde aporte para “La Paz en el Mundo”, dale aceptás? Te estaremos esperando con toda la buena onda y amistad por siempre y yo con los brazos abiertos virtualmente y quizás algún día en persona para darte la bienvenida! Soy de Temperley, Buenos Aires, psicopedagoga Coord.Gral.: MONINA Para Suscribirse: puntodeencuentroamigosdebsas-subscribe@gruposyahoo.com.ar
01/10/10 | 01:08: norma píngaro dice:
Gracias adriana, fue escrito desde la admiración y la ternura
30/09/10 | 20:51: Adriana Gaviota dice:
me encantó este posteo Norma, es un lindo modo de hablar de Julio gracias y cariños
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Las esferas rojas



"Aunque hable en el idioma de los ángeles, sino tengo amor soy como un bronce hueco"


Las esferas rojas

Siempre que nos despertaban temprano era porque teníamos que digitalizar varios programas. Desde Control nos saludaban con las sonrisas y las recomendaciones de rutina. Repetían que no podíamos sortear el desayuno y dedicarnos sólo al placer del trabajo. Mariza mantenía en su rostro el color sonrosado que tanto me agradaba, así que, fascinado, no podía dejar de mirarla a través del reflejo de la pantalla del monitor. Su visión renovaba mis energías, la tarea de ese modo se hacía aun más agradable. Ella me recordaba cierta pintura del renacimiento donde una mujer le sonreía al artista, mientras guardaba sus secretos en paz con ella misma.

El tecleo se hacía intenso y era como un susurro de dioses sin memoria. “Si esto pudiera durar eternamente”, pensaba justo un segundo antes de que las frecuencias sonoras llegaran a mis oídos. Era el descanso. Luego, lo de siempre: Aída repartía las pastillas. ¿Era ne­cesario perder el tiempo de esta forma? Los cursos en la sala de Comunicación Binaria nos alertaban del peligro de no consumirlas. ”El ser humano necesita nutrientes, así como las má­quinas, energía”, repetían. Muchos no creíamos en esos preceptos, pero la empresa igual se encargaba de que cumpliéramos el ritual.

Mariza continuaba eligiendo las rojas y eso excitaba mi cerebro aun más, sabía que su imagen me trasmitiría vida en los rojizos destellos de su rostro. En aquellos momentos escribía en mi archivo tonterías. Pero luego, una vergüenza infinita invadía mi médula y ni bien la máquina escupía la impresión, hacía un bollo con la hoja y lo arrojaba con un gesto veloz en el recicladero, antes de que nadie lo advirtiera. En vano. No podía destruir lo que ella significaba para mí. Y no sabía la razón, quizá porque con Mariza hablábamos como si siempre nos dijéramos cosas interesantes, todas las palabras que ella decía, cualquiera, como “taza”, “mesa”, o “papel” parecían tener un secreto excitante, y era tonto pensar así, yo lo sabía, pero nuestras conversaciones tenían algo extraordinario que no guardaba relación con lo dicho expresamente. Tal vez la diferencia estaba en el brillo de sus ojos o en la forma en como pronunciaba los vocablos. A mí me divertía pensar que conversaba de esa forma sólo conmigo y que con el resto de las personas hablar era un trámite más, que nada tenía que ver con nuestra secreta complicidad. Y era tonto porque en realidad nuestros temas no eran otros que los esperables en compañeros de trabajo y tampoco eran tantos, no había demasiado tiempo para ello.

Fuera de estas distracciones, los días transcurrían como lo esperábamos, agitados y vitales, era bueno pertenecer a la raza humana y vivir en este planeta, a pesar de los pequeños grupos retrógrados que se oponían a La Congrega­ción. No sabía mucho de ellos, pero algunas veces, sobre todo los sábados por la noche, varios compañeros contaban, luego de salir de la sala de Evasión, cuando el clima era más intimista, de gente que como las bestias, buscaba comida vegetal o animal por las calles de la ciudad. Víctimas de una adicción incontrolable, llegaban a extremos tales como desechar el placer que nos proporciona la mirada y realizaban la copulación sin fines reproductivos, sin ningún control, descartando el in—vitro. Quisiera ahorrarles detalles de la descripción de ta­les acciones. La Congregación los combatía con todas sus armas, pero la enfermedad podía más, era difícil reeducarlos. Yo me preguntaba qué les sucedía a tales personas, cómo podían permanecer afuera, sin que el oráculo les indicara cuál era el camino.

Una tarde plomiza en la que esperaba instrucciones y el cielo parecía acompañar mi aburrimiento, el mensaje apareció en los archivos del procesador para que no me durmiera, para distraerme. Una de esas mujeres le escribía a su cómplice: mencionaba la palabra amor. Tuve que buscar el signifi­cado en los antiguos traductores: “Afecto o inclinación intensos hacia una persona. Atracción afectiva entre personas del sexo opuesto”. La imagen de Mariza apareció en mi mente una y otra vez. ¿Ella experi­mentaría algo así por mí? ¿Era amor lo que yo sentía cuando su ausencia hacía que los picaportes parezcan más pesados, el aire de la sala absorbiera las nubes de la ventana y las sillas no me pudieran acoger? Debía de estar muy cansado. Lo resolví yendo a la sala de Recuperación.

Después, la catástrofe vino a mí como respuesta a tanto soliloquio. Una noche, insomne, me levanté de la cama, me faltaba el aire, fui hacia la puerta de casa y salí al parque cerrado. Vi la figura escuálida en un juego de claroscuros intermitentes, se movía con parsimonia. Era uno de los cismáticos.

El hombre, con el rostro encendido, me observó con asombro. En el cruce de miradas ambos nos reconocimos diferentes. Le pregunté qué quería, quién era. No me respondió, estaba absorto, su imagen se había detenido, me pareció divisar en el cielo, por detrás y encima de él, una estrella fugaz. Le dije que tenía suerte de que yo lo haya encontrado y no cualquiera de mis vecinos, porque si no tenía cubierta, él ya sabía lo que ocurriría.

—Destino— respondió sin inmutarse.

— ¿Qué?— le dije atónito.

—Destino— me contestó— porque si estás confundiendo al destino con la buena suerte lo más seguro es que no vives, sólo existes. Les pasa a la mayoría de Uds.

—Yo te puedo denunciar— Le dije tomándolo del brazo, indignado ante su soberbia y el tono con que hablaba, de igual a igual, sin ningún temor, hasta ser desafiante.

Entonces me miró, con esa mirada que el resto de nosotros no tenemos y que a veces descubro en Mariza, la misma que tiene la mujer del retrato. —Podrías hacerlo pero no sabes lo que yo sé, no sabes que cualquiera que quiere algo en la vida tiene que arriesgarse, eso es libre albedrío, es la forma en que eliges tu destino. Por cierto me llamo Juan— Me dijo mientras con un gesto se desligaba de mi mano y se iba. Escapó y en la fuga se le cayó una esfera roja de cuyo centro sobresalía una especie de bastoncito. Absorto, lo dejé ir. Recogí del suelo la pequeña bola que había perdido, nunca había visto nada igual, ni siquiera en los archivos. Era de forma globosa, algo hundida en los extremos del eje. Tengo que reconocer que emanaba un atrayente aroma y mis papilas gustativas comenzaron a segregar. Sin pensarlo, abrí la boca y le hundí los dientes. Confieso que mi propio gesto me sorprendió, extendí el brazo para arrojarla lejos. No pude, un sabor agridulce, ligeramente azucarado se expandió en mi boca. Ésa fue mi perdición. Me resultó imposible contener mis deseos de devorarla.

Luego vino todo lo demás. Al día siguiente tuve la incontrolable avidez de acariciar las manos de Mariza, de que mis labios tocaran su rostro sonrosado. Yo me reprimía con gran esfuerzo mientras ella me miraba con su enigmática sonrisa. Por las noches inicié mis excursiones nocturnas en busca de otras esferas, así descubrí que, dentro de los parques, existían miembros de La Congregación que también comían vegetales y animales en secreto, encontré restos en sus basuras, inclusive de esferas rojas.

Afiebradamente, desvelado, las seguí buscando sin advertir que había atravesado el cerco protector. Así detecté que existía otro mundo desconocido para mí con gente diferente, amables personas que parecían hablar otro idioma, a pesar de utilizar nuestro lenguaje y que se dedicaban a la lectura de libros que conservaban de la civilización anterior a La Reforma. Organizados alrededor de una fogata alguno de ellos leía y los demás escuchaban, también tocaban extraños instrumentos que emitían una música más extraña aún. Me resulta difícil trasmitir estas experiencias, fueron tan nuevas e inesperadas que comenzaron a hacerme dudar de mi vida perfecta en La Congregación, la tranquilidad abúlica en la que viví antes de que me sucediera esto ya no me convencía.

En ocasiones pensaba en mis padres, aparecían en vagos recuerdos, ¿o sueños?, me habían separado tan pronto de ellos, las imágenes se mezclaban y junto a ellas las nuevas sensaciones, como si mis sentidos despertaran, como si la memoria también. Sabíamos que almacenar datos emocionales entorpecía nuestra producción, sin embargo recordé a mi abuelo cultivando una especie de matojo de donde pendían las esferas rojas. Me preguntaba si sería un recuerdo o una fantasía producto de mi perturbación porque yo era muy pequeño cuando dejé de verlo como para evocar esas imágenes. Había sido sometido al proceso de olvido emocional, como todos los del grupo, a diferencia de los de afuera. Ellos no eran importantes para la Congregación.

— ¿Por qué molestarse? Para ellos es como si no existiéramos— Me explicaban, encogiéndose de hombros.

No tardaron en descubrir mis desviaciones. Mis compañeros y los supervisores observaban los cambios que yo intentaba disimular. Cuando por fin me lo preguntaron en la reunión, una parte de mí se sintió vencida. Al salir me pareció divisar en los ojos de Mariza cierta tristeza.

Sé que ellos me ayudaron en las largas sesiones de Reprogramación, por supuesto, no recuerdo nada de ellas. Llevó mucho tiempo liberarme de la enfermedad, pero pude recuperar el equilibrio. Sólo a veces, cuando miraba sus manos y su rostro, sentía una especie de impulso que debía domi­nar.

Siempre me voy a preguntar qué hubiera sucedido si me hubiera quedado afuera. No tengo respuestas. Mis dudas aumentaron aún más luego de las palabras que me dijo Juan, cuando sorpresivamente lo reencontré una noche en que volvía a mi hogar después de una intensa y larga jornada en el nuevo centro al que me trasladaron. Nos cruzamos en direcciones opuestas. Me costó reconocerlo por la poca iluminación. Desvié la vista para no hablar con él, no quería que me cuestionara ahora que mi vida había recobrado el equilibrio. Cuando intenté franquear la entrada, se acercó y me dijo al oído, en voz baja, la frase que ya no pude olvidar, la que me define como un hombre con memoria: “Dile a Mariza que siga eligiendo las rojas”.


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
01/10/09 | 15:42: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
Hola Norma!, la verdad es que no sé como tomarás mi comentario, "yo no soy del palo",no tengo títulos académicos, ni formacion formal en letras, pero me gusta escribir y lo hago así, simplemente, con el corazón y he ido aprendiendo y puliendo mis escritos, y desde mi lugar simple y de todos los días, como mi escritura te digo: que me gusto mucho lo que escribiste tiene algo de ciencia ficción(posible) y un lenguaje y un armado refinado , pero al fin y al cabo hablas sobre el amor y los sentimientos, que nadie, nadie, nos puede quitar; más o menos a lo que le escribo yo (salvando las distancias claro está) te mando un saludo y disfruté mucho leyendote. Ha! mi blog se llama "detras del espejo"
rojas.stellamaris@yahoo.com.ar
 
01/10/09 | 15:14: Norma dice:
Muchas gracias Adriana, sabès que siempre es bueno que alguién del palo valore nuestros escritos. Ya me estoy remitiendo a los tuyos. Cariños
norma_pingaro@hotmail.com
 
01/10/09 | 09:31: adriana (gaviota) dice:
MUy buena historia norma; un mundo más allá del mundo del que sin saber ha sido "separado" y el humano en el interior de la máquina ...De verdad me gusto mucho y la disfruté...(no suelo leer textos largos por falta de tiempo pero, ya ves q el tuyo me atrapó) piq piq
lameladriana@gmail.com
 
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